GG
Vargas
Caballeros y dragones el reino de Talamhard
Déjate transformar por este viaje llamado vida
Mas allá del umbral
En el antiguo reino de Talamhard, donde el honor vale más que la corona y los dragones eligen a sus compañeros para toda la vida, una nueva era está por comenzar.
© 2021
© 2021
GG Vargas
G. G. Vargas nació en la Ciudad de México. Pasó los primeros años de su vida en Sonora, cuyos atardeceres y cielos estrellados despertaron en ella un profundo amor por la naturaleza y una imaginación que, desde entonces, no ha dejado de crecer.
A lo largo de su vida, la creatividad ha sido el hilo conductor de cada uno de sus proyectos. Ha sido maestra de pintura mural, emprendedora en el mundo de la perfumería y la aromaterapia, impulsora de un proyecto de hospitalidad y creadora de propuestas gastronómicas, disciplina en la que obtuvo un importante reconocimiento.
Es esposa, madre de dos hijas y orgullosa abuela. Amante de la música, los colores, los aromas y los sabores, disfruta todo aquello que despierta los sentidos y alimenta la imaginación.
La semilla de esta novela germinó durante las noches de cuentos compartidas con sus nietos bajo un techo cubierto de estrellas. En aquel pequeño universo nacieron personajes, reinos y aventuras que, con el paso del tiempo, crecieron hasta convertirse en una obra de fantasía épica.
Con este libro G. G. Vargas encuentra en la literatura una nueva forma de expresar la creatividad que ha guiado toda su vida y abre las puertas de un universo nacido del amor por la imaginación, con la esperanza de que cada lector, sin importar su edad, vuelva a mirar el cielo con los ojos de un niño y descubra que toda gran aventura comienza con un acto de imaginación.
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Caballeros y dragones el reino de Talamhard
Mas allá del umbral
En el antiguo reino de Talamhard, donde el honor vale más que la corona y los dragones eligen a sus compañeros para toda la vida, una nueva era está por comenzar.
Breoghan, heredero de Talamhard, y Leandro, príncipe del reino vecino de Guibur, se verán arrastrados por acontecimientos que pondrán a prueba los antiguos pactos entre los reinos. Entre secretos olvidados, viejas rivalidades y un destino incierto, ambos deberán recorrer caminos que podrían cambiar el curso de la historia.
Mientras las montañas de Emerick guardan los susurros del Oráculo y el Corazón de Cristal despierta a quienes han sido elegidos, los legendarios dragones observan desde las alturas, aguardando el momento en que el equilibrio del mundo sea puesto a prueba.
Caballeros y dragones: El reino de Talamhard es una historia de aventuras, honor y esperanza, donde caballeros, reyes y criaturas ancestrales recorrerán un camino lleno de desafíos para descubrir que, a veces, el destino no se hereda: se conquista.
Caballeros y dragones el reino de Talamhard
Capítulo 1
Canto I Breoghan de Talamhard
El gran salón de Talamhard permanecía en silencio. A ambos lados de la estancia, caballeros, consejeros y nobles observaban a los dos hombres que aguardaban frente al trono. Uno era anciano, de espalda encorvada y manos curtidas por el trabajo. El otro vestía una túnica de buena tela y portaba el emblema de una pequeña casa noble de las colinas del oeste. Breoghan observó a ambos con atención.
—Habla, Maelon —dijo, y el anciano dio un paso al frente.
—Mi rey, ruego por justicia. Mi familia ha trabajado las tierras de Urdian desde los tiempos de mi abuelo. Mi padre murió allí. Mi esposa está enterrada allí. Pero lord Arven afirma que ya no nos pertenecen.
El joven noble inclinó la cabeza.
—Porque no le pertenecen, majestad. He traído pruebas.
Entregó un pergamino a un guardia, quien lo llevó hasta el estrado. Breoghan rompió el sello de cera y examinó el documento.
—Parece una escritura legítima.
—Lo es —respondió Arven—. Fue firmada por mi abuelo y registrada por el escribano real.
—Lord Edran de Valcor?
—Correcto.
—¿Su majestad, me permite examinar el documento? —dijo Brahyan. Recorrió las líneas una y otra vez y, de repente, algo llamo su atención— Dices que este documento fue firmado por tu abuelo —preguntó levantando la mirada y clavando sus ojos en Lord Arven.
—Sí.
—Entonces me sorprende que figure esta fecha.
Breoghan inclinó la cabeza.
—¿Qué tiene de extraño?
—Según nuestros registros, lord Edran murió durante la gran fiebre del invierno. —El consejero señaló una línea—. Tres años antes de la fecha que aparece aquí.
El salón quedó en silencio. Arven palideció.
—Eso... eso no es posible.
—Coincido —respondió Brahyan con serenidad—. Los muertos rara vez firman documentos.
Algunos nobles intercambiaron miradas. Breoghan observó primero al anciano y luego al joven noble.
—¿Mandaste elaborar esta escritura?
—¡No, majestad! —respondió Arven inmediatamente—. La encontré entre los archivos de mi padre.
Breoghan estudió su rostro; no vio malicia, solo sorpresa y confusión. Finalmente se puso de pie.
—Entonces no eres culpable de engaño, lord Arven. Pero tampoco puedes conservar unas tierras que te fueron adjudicadas mediante un documento falso. —Miró al anciano—. Las tierras de Urdian serán devueltas a Maelon y a su familia.
Los ojos del viejo se llenaron de lágrimas.
—Gracias, mi Señor.
Breoghan levantó una mano.
—Dale gracias a la verdad, no a mí. La justicia pertenece al reino, no al rey.
Maelon inclinó profundamente la cabeza. Mientras los hombres abandonaban el salón, Breoghan se volvió hacia Brahyan.
—Confieso que yo no habría visto ese detalle. —Brahyan sonrió apenas.
—Porque usted observa a las personas.
—¿Y tú?
—Yo observaba el pergamino. —Breoghan soltó una breve carcajada.
—Una vez más me alegra tenerte a mi lado, viejo amigo.
Breoghan, hijo de Lalík de Talamhard, era el rey supremo de las Tierras Altas. Sus ancestros se habían establecido en ellas y gobernado con justicia durante cientos de años. Su padre, Lalík, fue un poderoso guerrero cuya fama se extendió por los reinos vecinos, donde era admirado y respetado. Fue un rey reconocido no solo por su fuerza, sino también por su gran bondad. Su gente lo respetaba y amaba profundamente, y muchos hubieran dado la vida por él. Por su parte, este bondadoso gobernante escuchaba las peticiones de su pueblo y se esforzaba en ayudarlos a resolver sus problemas cotidianos. Desgraciadamente cayó en una emboscada durante una terrible batalla, contra pueblos llegados del mar, dejando el poder en manos de su único hijo, Breoghan.
Una vez viuda, su madre, Erweena, se entregó en cuerpo y alma a ayudar a los más necesitados, olvidándose por completo de las tareas del reino. Desde hacía un par de años vivía cerca de la costa, donde su influencia era enorme, dando valor y esperanza a quienes la rodeaban. Esta fue la educación que Breoghan recibió de sus padres, y con firmeza trataba de continuar su legado y honrar sus valores.
Los caballeros de la Orden del Dragón, hombres fieles a su padre, acogieron con respeto al joven Breoghan, ya que formaban la Junta de Sabiduría, donde cada uno aportaba consejos y elaboraba estrategias para preservar la paz. Su líder, Brahyan de Brandwyn, hombre de gran sabiduría y carácter templado, lo guio con respeto y afecto en las complejas tareas de gobernar el reino.
Una vez ocupado el trono —apenas cuatro primaveras atrás—, Breoghan consolidó una hermandad basada en el respeto, la lealtad y el amor por el reino. Entre las filas de la Guardia del Reino de Talamhard, al mando de Allan de Dovenrick y Taranis de Galtharien, estaban sus amigos de adolescencia, con quienes había entrenado en el arte de la guerra desde los doce años, la edad en que los hijos de los nobles iniciaban su formación militar. Sentía un aprecio especial por cada uno de ellos, quienes ahora formaban su ejército.
Breoghan tomó a Brahyan como a un padre y, por el profundo respeto que le tenía, dispuso que continuara al frente del Círculo de Caballeros, título que le había conferido su padre mucho tiempo atrás. El joven rey escuchaba sus sabias palabras y confiaba en sus decisiones; a su vez, los caballeros, bajo su gentil mando, lo amaban y respetaban, mientras que Brahyan guiaba al joven monarca con gentileza y afecto.
A pesar de su juventud, Breoghan era un hombre prudente, que actuaba con inteligencia y cautela, y no se dejaba llevar por arrebatos, pues había heredado la gentileza, la bondad y el amor por el reino que distinguieron a su padre. Por tanto, su lucha no era por la gloria ni el poder, sino por mantener la paz y la justicia en sus tierras.
Desde niño había escuchado de boca de su padre las enseñanzas ancestrales de las Damas de Emerick, quienes advertían que los mundos mágicos donde habitaban desaparecerían si se daba paso a la codicia, la soberbia y la maldad.
El padre de Breoghan, Lalík, había sido muy amigo de Balard de Guibur, el padre de Leandro; ambos se conocieron en su juventud y mantuvieron siempre una estrecha amistad, fortalecida por el respeto mutuo y la lealtad a sus reinos. Entrenaron juntos en las artes de la guerra, y esa unión marcó a toda una generación. Como Balard admiraba profundamente a Lalík, no dudó en permitir que su único hijo, Leandro, se formara en la élite del reino vecino, reconocido por todos por su excelencia en la preparación de guerreros.
Talamhard era célebre por ser la cuna de los más hábiles combatientes de las tierras del norte. Allí, los mejores estrategas, arqueros, jinetes y forjadores enseñaban a los jóvenes aspirantes sus técnicas, las cuales combinaban fuerza, disciplina, sabiduría táctica y códigos de honor transmitidos durante generaciones. De este modo, no solo se entrenaba el cuerpo, sino también la mente y el espíritu.
Por eso los reinos vecinos enviaban a sus primogénitos y a los hijos de sus nobles a Talamhard: sabían que regresarían transformados en líderes, preparados no solo para la guerra, sino para servir con justicia. Además, la reputación de sus maestros se extendía más allá de las montañas, y muchos decían que en los valles de Talamhard se templaban no solo las espadas, sino también los destinos de los reinos.
Desde la muerte de Balard de Guibur, causada por una terrible enfermedad que lo mantuvo postrado durante largo tiempo y que obligó a Leandro a regresar a su hogar, Breoghan comenzó a notar en su querido amigo un brillo diferente en la mirada: había algo en su actitud que revelaba que ya no era el mismo de antes, por lo que la profunda confianza que alguna vez depositó en su compañero de aventuras empezó a resquebrajarse. Breoghan no ignoraba los celos que Leandro sentía hacia él, y esa consciencia le provocaba una tristeza silenciosa, pues en el pasado habían sido grandes amigos, casi como hermanos.
Sabía también que Edelmira, la madre de Leandro, no era una buena influencia para su hijo, pues nunca compartió los valores nobles y generosos de su esposo Balard. Mientras este educaba a su hijo con principios de honor, humildad y servicio, Edelmira sembraba en él ideas egoístas y ambiciosas, cargadas de resentimiento y ansias de poder. Así, Leandro se debatía entre el legado noble de su padre y las enseñanzas mezquinas de su madre, atrapado entre dos caminos opuestos que terminarían por definir su destino.
Breoghan estaba casado con Adaline y era padre de dos hermosos niños, Fedher y Alinne, quienes llenaban de alegría el castillo con sus travesuras y eran el orgullo de su padre.
Heredó de su padre a Phandor, el dragón del destino, con el consentimiento de Georgiana, la dama y custodia del Reino del Dragón, y había hecho el vínculo con esta majestuosa criatura poco después de su arribo al trono de Talamhard. Le entregaron el Corazón de Cristal que sellaba el vínculo jinete-dragón en una hermosa y emotiva ceremonia a la luz de la luna, una fresca noche de verano algunos otoños atrás. Su objeto de poder era Skalarin, la mítica trompeta de potente sonido que hace eco en todos los rincones del reino.
El nombre del rey Breoghan era asociado con grandeza, justicia y visión, y él hacía gala dentro de su amado reino de estas virtudes.
Cuatro primaveras habían transcurrido desde que los caballeros de las tres órdenes sellaron su lealtad al joven monarca en una ceremonia que aún permanecía viva en la memoria de Talamhard. Quienes estuvieron presentes recordaban la solemnidad de aquella noche, cuando el honor y el deber quedaron unidos por un juramento que habría de guiar el destino del reino.
Aquella solemne mañana, Brahyan, el líder de los caballeros de la Orden del Dragón, los convocó al salón del consejo para darles los pormenores de la ceremonia que se llevaría a cabo esa noche. Había llegado el tan esperado día de la Jura de Lealtad al joven rey. Desde el alba, los heraldos recorrieron la fortaleza anunciando el evento con trompetas de bronce, cuyas notas resonaban en las altas torres y despertaban a los habitantes del castillo. Los estandartes del reino, bordados con hilos dorados, fueron desplegados en lo alto de las murallas, y los sirvientes encendieron hileras de antorchas perfumadas que impregnaron el aire con el aroma del incienso y la resina de abeto.
Esa especial noche, el salón del trono, de altos muros y columnas de piedra cubiertas de vides talladas, resplandecía bajo la luz de los candelabros de hierro forjado. Cada rincón de la sala parecía vibrar con la memoria de generaciones pasadas, testigos de antiguas proclamaciones y juramentos inquebrantables. En el centro del salón, el trono de madera noble, finamente labrado con dragones enroscados y símbolos de la realeza, esperaba al joven rey.
Cuando las grandes puertas de roble se abrieron con un crujido solemne, un profundo silencio se apoderó de la sala, y Breoghan avanzó con paso firme por la alfombra escarlata que lo conducía hasta la silla que había pertenecido a su padre. El peso de la responsabilidad y el legado de su linaje se posaban sobre sus hombros como una sombra antigua, pero su mirada, fija y serena, reflejaba la determinación de quien ha aceptado su destino.
Frente a él, los caballeros de las tres órdenes del reino formaban una línea solemne y vestían las armaduras ceremoniales de Talamhard, no como anuncio de guerra, sino como símbolo del juramento que estaban por pronunciar. Las superficies pulidas del metal capturaban los reflejos de las llamas titilantes, mientras que sobre el pecho de cada uno brillaba el emblema de su orden. Llevaban la espada ceñida al cinto, envainada, como promesa de defensa y no de violencia; además, sus rostros eran severos, templados por el deber, pero en sus ojos ardía el fuego inquebrantable del honor y la fidelidad.
Brahyan, el de más edad entre ellos, avanzó unos pasos, ataviado con una túnica ceremonial de color azul profundo con ribetes de plata, y en su diestra sostenía su poderoso cayado Slatan Ceithir, símbolo de su autoridad como consejero real. Con un movimiento firme, golpeó el suelo con el extremo de su cayado y rompió el silencio con un sonido grave y poderoso que hizo eco en los muros de piedra.
—¡Demos inicio a tan solemne acto! —declaró con voz profunda. El momento había llegado.
—Que se acerquen los caballeros del reino para rendir juramento de lealtad al rey Breoghan de Talamhard —proclamó un portavoz.
Uno a uno, los caballeros avanzaron: primero, los caballeros de la Orden del Dragón, majestuosos con sus capas azules ribeteadas con galones y el dragón alado en la espalda bordado en plata; tras ellos marchó la caballería de la Guardia Real, con Eldión al frente, quien portaba el estandarte de su orden, con capas ceremoniales color carmesí, penachos con plumas de urogallo y armaduras relucientes que resplandecían a la luz de las velas para mostrar la fuerza y la disciplina del reino. Y, al final y en ese orden, los caballeros de la Guardia del Reino, más austeros en su porte, pero firmes y orgullosos con sus sobrevestes grises por encima de sus relucientes armaduras y cascos cerrados, que hablaban de la fidelidad silenciosa y la voluntad de sostener en pie la corona, mientras Angus portaba con orgullo el estandarte de la orden.
Al llegar frente al trono, doblaban una rodilla y bajaban la cabeza en señal de respeto. El juramento de los caballeros de la Orden del Dragón fue el más solemne:
—Yo, Allan, hijo de Alarík, juro por mi vida y mi espada defender este reino, proteger a su gente y servirte con honor, valentía y lealtad hasta mi último aliento; que el fuego de los dragones sea testigo de mi juramento.
—Yo, Eamon, hijo de Gawain, juro por mi vida y mi espada defender este reino, proteger a su gente y servirte con honor, valentía y lealtad hasta mi último aliento; que el fuego de los dragones sea testigo de mi juramento.
—Yo, Fergal hijo de Conrad, juro por mi vida y mi espada defender este reino, proteger a su gente y servirte con honor, valentía y lealtad hasta mi último aliento; que el fuego de los dragones sea testigo de mi juramento.
—Yo, Kalen hijo de Mareno, juro por mi vida y mi espada defender este reino, proteger a su gente y servirte con honor, valentía y lealtad hasta mi último aliento; que el fuego de los dragones sea testigo de mi juramento.
—Yo, Taranis hijo de Jhonas, juro por mi vida y mi espada defender este reino, proteger a su gente y servirte con honor, valentía y lealtad hasta mi último aliento; que el fuego de los dragones sea testigo de mi juramento.
Breoghan asentía con gravedad y extendía su mano para que cada caballero besara el anillo real, símbolo de la alianza sagrada entre el trono y sus defensores; así, uno a uno, iban jurando lealtad al joven monarca. Al final fue el turno de Brahyan...
—Yo, Brahyan hijo de Ronan, juro por mi vida y mi espada defender este reino, proteger a su gente y servirte con honor, valentía y lealtad hasta mi último aliento; que el fuego de los dragones sea testigo de mi juramento.
Cuando el último juramento fue pronunciado, el salón quedó en silencio. Breoghan se puso de pie y, con voz clara y fuerte, pronunció lo siguiente:
—Hoy se renueva la esperanza del reino. Con ustedes a mi lado el enemigo no tendrá cabida. Que el destino nos encuentre victoriosos.
Las espadas de los caballeros se alzaron al unísono y un clamor resonó como un trueno por las bóvedas del salón:
—¡Por el rey y el reino!
El pacto fue sellado y el futuro aguardaba su desenlace.
Capítulo 2
Canto II Leandro de Guibur
Leandro de Guibur, hijo de Balard de Guibur y de Edelmira de Sarrato, era el joven heredero del reino vecino a Talamhard. Alto y de complexión atlética, forjada por años de disciplina. El ébano de sus cabellos competía con la intensidad de una mirada que rara vez dejaba entrever sus pensamientos. Caminaba con la seguridad de quien había sido preparado desde la infancia para gobernar, y en su porte había una dignidad natural que muchos confundían con arrogancia.
Desde muy joven recibió una educación esmerada, propia de los grandes herederos de la región. A los doce años fue enviado a Talamhard, donde se formó junto a los mejores maestros de armas y entrenó al lado de los caballeros del Lalik. Allí perfeccionó el manejo de la espada, la estrategia militar y el liderazgo, distinguiéndose por su disciplina, su fortaleza física y su inquebrantable determinación.
Sin embargo, la batalla más difícil de Leandro nunca se libró en un campo de guerra, sino en su propio corazón. Había crecido bajo la influencia de dos visiones opuestas del poder. De su padre heredó el amor por la justicia, el servicio y el honor, convencido de que la autoridad solo tenía valor cuando se ejercía para proteger a los más débiles. De su madre recibió, en cambio, el constante impulso de destacar por encima de los demás, de afirmar su autoridad sin vacilaciones y de no permitir jamás que nadie eclipsara su grandeza.
Aquellas enseñanzas contradictorias moldearon su carácter. En él convivían la nobleza y el orgullo, la generosidad y una silenciosa necesidad de demostrar su valía. A menudo conseguía dominar ese impulso de superioridad, recordando las lecciones de Balard; pero, en otras ocasiones, las palabras de Edelmira despertaban en él una ambición que amenazaba con apartarlo del camino que su padre tanto se había esforzado por enseñarle.
Por entonces, el señor de Guibur era Balard, un gobernante respetado por aliados y adversarios. Junto con Lalik de Talamhard había combatido durante años para preservar la paz de sus reinos frente a invasores llegados de tierras remotas más allá del mar. Ambos eran admirados no solo por su valentía en el campo de batalla, sino también por la justicia y la misericordia con que gobernaban a su pueblo.
Sin embargo, la fortuna no siempre favorece a los valientes. Apenas doce lunas antes de la muerte de Lalík en combate, una extraña enfermedad comenzó a consumir a Balard. Primero le dificultó caminar; con el paso de las estaciones lo dejó completamente postrado, lo que obligó a su esposa, Edelmira, y a su hijo Leandro a asumir gradualmente las responsabilidades del reino.
A medida que su salud se debilitaba, una preocupación comenzó a pesar más que la propia enfermedad: el futuro de Leandro. Convencido de que el tiempo se le escapaba entre las manos, Balard decidió confiar sus inquietudes a su viejo amigo Lalik de Talamhard. Sin demora, envió un mensajero con una petición sencilla pero urgente: deseaba verlo cuanto antes. Lalik comprendió la importancia del llamado y emprendió el viaje de inmediato. Al caer la tarde de ese mismo día, cruzó las puertas del castillo, donde el anciano rey ya lo aguardaba
El sol se filtraba entre los vitrales, tiñendo de tonos dorados la estancia donde yacía Balard, postrado en su lecho de enfermo. Su rostro, antaño firme y lleno de vigor, estaba ahora demacrado, pero sus ojos conservaban el mismo brillo sereno y sabio de siempre.
Junto a él, sentado en una silla tallada en roble, se encontraba Lalík de Talamhard, su viejo amigo de mil batallas, con quien había luchado espalda con espalda, reído bajo la lluvia y compartido silencios tras el fragor de la guerra. Pero ahora la batalla era otra, y Balard lo sabía.
—Hermano mío —susurró Balard con voz quebrada pero decidida—, el tiempo me ha alcanzado, y con él vienen temores que no puedo callar.
Lalík inclinó la cabeza y tomó su mano con fuerza.
—Dime, Balard. Estoy aquí.
—Leandro… —pronunció con dificultad—. No sé si he sido lo bastante firme con él. Tiene fuego en el corazón, pero no siempre lo guía bien. Su madre… —hizo una pausa, como si el nombre le pesara—, Edelmira, no comparte el espíritu de nuestros pueblos… Tiene otras ideas…, otras ambiciones.
Lalík asintió en silencio, pues había visto ya en los ojos de Edelmira la sombra del orgullo y la vanidad.
—Tú eres el único a quien confiaría lo que me queda —continuó Balard—Si yo muero y tú sigues en este mundo, te ruego, por la memoria de nuestra amistad, y por todo lo que hemos construido, que veles por él. Guíalo, Lalík. Enséñale lo que es el deber, la justicia y la entrega al pueblo. No dejes que se pierda.
Lalík se puso de pie con los ojos brillando por la emoción. Se arrodilló junto al lecho, como antaño en los rituales de hermandad, y colocó su mano sobre el pecho de Balard.
—Te lo juro, Balard de Guibur, rey de estas tierras y hermano de mi alma: si tú partes antes que yo, cuidaré de tu hijo como si fuera mío. Le enseñaré el valor, la humildad y el compromiso, y, si se desvía de su camino, haré todo lo posible para que regrese a él.
Un largo silencio selló la promesa, y los dos hombres se miraron por última vez como guerreros, como reyes…, como hermanos.
Detrás del cortinaje, en la penumbra de un rincón discreto, Edelmira escuchaba todo. Su figura inmóvil, apenas iluminada por la última luz del día, revelaba una sonrisa apenas perceptible, que no era de ternura ni de gratitud. En sus ojos, oscuros y calculadores, se escondía ya la decisión de que, cuando su esposo cerrara los ojos para siempre, sería ella quien forjaría el destino de su hijo. A su modo, y con sus propias reglas.
La conversación con Lalik alivió parte de la inquietud que pesaba sobre el corazón de Balard, pero aún quedaba una tarea que solo él podía cumplir. Antes de que el destino lo separara de su hijo, deseaba transmitirle, con sus propias palabras, los principios que esperaba que lo sostuvieran cuando él ya no estuviera para guiarlo.
Balard había dedicado su vida a moldear el carácter de Leandro, preparándolo para el día en que le correspondiera gobernar Guibur con rectitud. Aunque en ocasiones advertía en su hijo gestos de orgullo y dureza, los atribuía a la impetuosidad de la juventud y prefería mostrarse indulgente. Amaba profundamente a Edelmira, pero no ignoraba que en ella anidaban ambiciones que chocaban con los principios que él defendía.
Los últimos rayos de sol se filtraban por los altos ventanales de la estancia principal del castillo de Guibur, tiñendo de oro las antiguas piedras y las pesadas cortinas de terciopelo. Afuera, el valle comenzaba a sumirse en la calma del ocaso, mientras las sombras de las montañas se alargaban lentamente sobre los campos.
Junto a una de las ventanas, Balard permanecía sentado en una gran silla de madera tallada. Una manta cubría sus piernas inmóviles y sus manos descansaban sobre los apoyabrazos, marcadas por los años y las batallas de otro tiempo. El calor del sol acariciaba su rostro envejecido, y por un instante parecía que contemplaba algo más allá de las colinas, perdido en recuerdos que solo él podía ver.
El silencio de la estancia era profundo, roto únicamente por el crepitar lejano de una chimenea y el canto ocasional de algún ave que regresaba a su nido. Entonces, el sonido de unos pasos resonó sobre las losas de piedra. Balard no volvió la cabeza. Había reconocido aquel andar mucho antes de que la figura apareciera en el umbral.
—Has tardado en venir, hijo mío —dijo con voz tranquila, mientras los últimos destellos del día iluminaban sus ojos. La enfermedad había consumido gran parte de sus fuerzas, pero no la calidez de su mirada—. Pronto llegará el momento.
Leandro permaneció en silencio un instante.
—¿El momento de qué?
—De ocupar tu lugar entre los hombres de honor.
Leandro bajó la vista.
—No estoy seguro de que me quieran allí.
—No debes preguntarte si te quieren, hijo —dijo Balard, sonriendo—. Debes preguntarte si eres digno.
El muchacho levantó la cabeza.
—¿Y cómo se logra eso?
—Sirviendo.
—¿Sirviendo?
—Protegiendo a quienes no pueden protegerse solos. Cumpliendo tu palabra. Defendiendo la justicia incluso cuando te perjudique —Balard tomó aire lentamente—. La fuerza impresiona a los hombres durante un día. El honor los inspira durante generaciones. La Orden del Dragón necesita hombres así.
—¿Crees que me aceptarán?
—Lo sé. —La respuesta llegó sin vacilar—. Porque veo en ti aquello que vi en los grandes caballeros que conocí.
Leandro intentó sonreír, pero algo dentro de él seguía inquieto. Cada año que pasaba sin recibir una invitación alimentaba una duda que jamás confesaba en voz alta. ¿Y si estaba equivocado? ¿Y si nunca lo consideraban digno? ¿Y si las puertas de la Orden jamás se abrían para él?
Sin embargo, el destino, siempre impredecible, tenía otros planes. Tras encomendar a Lalik el porvenir de su hijo y dejar en el corazón de Leandro las enseñanzas que habrían de guiarlo el resto de su vida, los acontecimientos se precipitaron con una rapidez imposible de detener.
Apenas cuatro lunas después de aquella despedida, Lalik de Talamhard cayó en batalla mientras defendía la frontera norte de su reino. Su muerte fue llorada por todos los pueblos aliados, y las palabras pronunciadas entre aquellos dos viejos amigos quedaron suspendidas en el tiempo.
La enfermedad de Balard había obligado a Leandro a interrumpir la etapa más prometedora de su formación. Había destacado durante años en su entrenamiento y, como muchos jóvenes nobles de su condición, estaba convencido de que tarde o temprano llegaría el momento de incorporarse a una de las grandes órdenes de Talamhard. Pero ese momento nunca llegó. Ni antes de la muerte de su padre ni después de convertirse en señor de Guibur recibió la invitación que, en lo más profundo de su corazón, consideraba la justa recompensa a tantos años de preparación.
Sin embargo, el ingreso a las grandes órdenes del reino no dependía de invitaciones ni privilegios heredados. Todo aspirante debía presentar por voluntad propia su solicitud ante la corte de Talamhard, donde el rey, sus consejeros y los caballeros evaluaban sus méritos. Aun así, aquella aprobación era solo el primer paso. La decisión final recaía en las Damas de Emerick, guardianas de los antiguos secretos, quienes determinaban si el candidato poseía las cualidades necesarias para afrontar las pruebas de las nieblas sagradas. Leandro jamás se presentó como aspirante, y durante todos aquellos años interpretó aquel silencio como una señal de rechazo. En su corazón, confundió la ausencia de una invitación con una negativa que nunca había sido pronunciada.
Aquello siempre le pareció extraño a Lalik. Leandro poseía la habilidad, la preparación y el linaje que muchos aspirantes deseaban tener. Más de una vez se preguntó por qué nunca había presentado su solicitud. Con el tiempo, sin embargo, llegó a la conclusión de que las circunstancias de Guibur habían pesado más que cualquier otra cosa. La enfermedad que consumía lentamente a Balard había obligado a su hijo a permanecer cerca de su hogar, y era evidente que, cuando llegara el inevitable final, recaería sobre sus hombros la responsabilidad de mantener el orden del reino. Por ello, Lalik jamás interpretó su ausencia como falta de valor o de mérito, sino como el sacrificio silencioso de un heredero que había antepuesto su deber a sus propias aspiraciones.
Ese rechazo silencioso caló hondo en Leandro, quien, como hijo único de un rey debilitado y de una madre ambiciosa, había crecido en un entorno donde el poder y la vanidad marcaban el rumbo. Edelmira, convencida de que a su hijo le correspondía un destino mucho más grande, aprovechó aquella frustración para reforzar una idea que repetía con frecuencia: la grandeza no era un regalo que otros concedieran, sino un derecho que debía reclamarse. El resentimiento acumulado en el corazón de Leandro terminó por echar raíces, ya que su anhelo de ser reconocido como caballero de la Orden del Dragón y de reclamar el vínculo con el dragón de su padre no era solo ambición: era la búsqueda desesperada de una identidad que sentía le había sido negada. Desde entonces, Edelmira comenzó a persuadirlo para que ambicionara el control del reino vecino, con lo que relegó al olvido la amistad y el respeto que Lalík y Balard siempre se habían profesado.
Una noche, en la sala principal del castillo de Guibur, madre e hijo mantenían una conversación cargada de tensión.
—Leandro, hijo mío —dijo Edelmira con voz firme, acercándose al trono—, ha llegado el momento de reclamar lo que podría ser nuestro por derecho.
—¿A qué te refieres, madre? —preguntó Leandro, arqueando una ceja.
—A Talamhard y a los reinos circundantes —respondió ella con fría determinación—. Durante demasiado tiempo hemos vivido a la sombra de Breoghan y de su linaje. Es hora de cambiar eso.
—Pero los pactos de paz… —intentó objetar Leandro, pero Edelmira lo interrumpió con un gesto desdeñoso.
—Los pactos de paz son solo palabras frágiles; la fuerza es lo único que los reyes comprenden. Tu padre respetó esas alianzas, y mira cuál fue su destino.
Leandro apretó los puños.
—¿Y qué sugieres que haga?
—Reúne a tus mejores hombres, y forja alianzas si es necesario, pero actúa con determinación. No permitas que Breoghan continúe fortaleciendo su trono mientras Guibur permanece inmóvil. Reclama lo que te corresponde.
Leandro guardó silencio. Sabía que, al otro lado de las fronteras, Breoghan había heredado su corona envuelto en el respeto de los suyos y en la memoria de un padre honrado. Él, en cambio, ocupaba el trono bajo la sombra de una voz que le exigía más de lo que la paz podía conceder. Las palabras de su madre se hundieron en su mente como semillas venenosas.
—Lo pensaré —respondió al fin.
Durante los días siguientes, Leandro meditó largamente las palabras de su madre. Comprendió que, si quería reclamar el lugar que creía corresponderle, el primer paso era solicitar su ingreso a la Orden del Dragón. Solo entonces podría demostrar su valía y comenzar a forjar el destino que imaginaba para sí. Finalmente tomó pergamino y pluma y redactó una solicitud formal para ser admitido como aspirante a la Orden del Dragón. La carta era breve y directa. En ella presentó su nombre, su condición de señor de Guibur y que era hijo de Balard, antiguo caballero de la Orden. Selló el documento con el emblema real y lo entregó a un mensajero con destino a Talamhard.
La petición de Leandro
Esa soleada mañana, en el salón del consejo, el rey Breoghan y su fiel consejero y amigo, Brahyan, revisaban asuntos del reino cuando Breoghan interrumpió la lectura de unos pergaminos al escuchar que las puertas del salón se abrían, y vio a un guardia entrar apresuradamente. Se arrodilló ante él y le presentó una carta sellada. Breoghan reconoció el emblema de inmediato: el lobo plateado de Guibur. Su expresión cambió, y Brahyan lo notó.
—¿Ocurre algo?
Breoghan rompió el sello. Leyó unas pocas líneas y, durante varios segundos, permaneció en silencio.
—Brahyan, hemos recibido la petición de Leandro de Guibur para rendir las pruebas y aspirar al título de caballero de la Orden del Dragón. ¿Cuál es tu parecer al respecto?
—Es innegable que Leandro posee la destreza física requerida, destaca en equitación, manejo de armas y combate cuerpo a cuerpo, sin embargo… —Brahyan entrelazó las manos a la altura del pecho, con gesto grave—. Debo añadir que su insistencia resulta tardía. Durante años fue formado en Talamhard sin reclamar este lugar, y ahora, coronado rey de Guibur, solicita someterse a unas pruebas que nunca le fueron negadas, pero que tampoco tuvo a bien solicitar mientras tuvo la oportunidad de hacerlo. No ignoro el peso de su linaje ni la amistad que unió a su padre con esta Orden, pero tampoco puedo pasar por alto que su petición llega después de años de ausencia, y cuando su destino parece haber tomado ya otro rumbo. Eso no lo hace indigno, pero sí incierto. La caballería no se mide únicamente en el campo de batalla. —Breoghan asintió.
—Los valores esenciales que constituyen el alma de la Orden del Dragón (honor, lealtad, valor y justicia) exigen algo más que destreza o noble cuna. Exigen convicción. En Leandro veo esas virtudes, pero también percibo una lucha que aún no ha concluido. Durante años ha vivido entre enseñanzas opuestas, y todavía no sé cuál de ellas prevalecerá cuando llegue la hora de las decisiones difíciles.
—Pero no podemos ignorar el legado de Balard —replicó Brahyan—. Esa herencia nos obliga a considerar su petición.
Breoghan permaneció unos instantes en silencio, observando la carta sobre la mesa.
—Tus observaciones son justas, Brahyan —dijo al fin—. Leandro llega tarde a este camino, y es cierto que todavía carga con conflictos que otros ya han resuelto. Pero las pruebas de la Orden no existen para los hombres perfectos. Existen para revelar lo que habita en el corazón de quienes las afrontan.
Brahyan asintió lentamente.
—Entonces permitirás que se presente.
—Sí. No le negaremos una oportunidad que jamás le fue negada a ningún hombre digno. Si las Damas de Emerick consideran que debe avanzar, avanzará. Si no, será porque ese no era su destino.
El rey tomó una pluma y la sumergió en el tintero.
—Redacta una respuesta. Informa al rey de Guibur que su solicitud ha sido aceptada y que podrá presentarse en Talamhard para iniciar el proceso de evaluación conforme a las antiguas tradiciones de la Orden del Dragón.
Brahyan inclinó la cabeza en señal de conformidad.
—Así se hará, majestad.
Mientras el consejero se retiraba, Breoghan volvió la mirada hacia la ventana. Más allá de las murallas, las montañas se alzaban bajo la luz de la tarde. Por primera vez en muchos años, el destino de Leandro de Guibur parecía volver a cruzarse con el suyo.
Y así comenzó el periodo en el que Leandro aprendería de los maestros de Talamhard lo que realmente se esperaba de un caballero, pues al final de ese sendero lo aguardaría la prueba más dura: vencer las nieblas de las Montañas de Emerick y obtener la aprobación de Georgiana y los dones de las siete damas, las Elthrías.


